El choque generacional en la pasión por el futbol es evidente. Quienes se enamoraron de una pelota antes del siglo XXI se niegan a renunciar a aquellos aspectos que fueron piezas fundamentales de su adhesión voluntaria y genuina al deporte más hermoso del mundo: los partidos en la calle, imaginar los juegos a través de la radio, emocionarse por lo desconocido, entusiasmarse con los relatos que contaban los viejos acerca de futbolistas o hazañas memorables.

Quienes se hicieron futboleros con la llegada del siglo XXI pueden considerar anticuado e inservible escuchar un partido por radio cuando se tiene al alcance tecnología para verlo en cualquier lugar, o que soñar con ser el mejor crack del mundo no es jugando en las calles sino sentados en la sala manipulando los controles de una consola.

 

La forma de sentir el balón ha cambiado. Eso lo entienden Kenneth Branagh y Paolo Sorrentino, directores de cine que rinden tributo al sentimiento de antaño por la redonda en Belfast y Fue la mano de Dios respectivamente. Nominadas al Oscar, una como mejor película y otra como mejor película internacional, ambas películas evocan las emociones que generaban la pelotita y los cracks de antes.

Y lo hacen desde su edad adulta, etapa donde no han renunciado a la pasión pambolera pero la viven de otra forma. Por eso miran hacia atrás, quizá para rescatar o consentir al niño o adolescente que fueron y cambiaron su vida gracias a la pelota. No obstante, se alejan de ofrecer al futbol como un espectáculo digerible y arrojan viñetas o datos para que el espectador sea capaz de (re)construir esos relatos que nos cuentan en fragmentos. 

Para aterrizar en los mensajes futboleros que lanzan en sus filmes, Bolavip México platicó con Enrique Figueroa Anaya, crítico de cine que aún disfruta el título de su amado Cruz Azul como si lo hubiera ganado ayer. Ojo, Belfast y Fue la mano de Dios no son contenidos pamboleros, sin embargo supieron incluir a este deporte de manera entrañable.

Charla con Enrique Figueroa Anaya sobre Belfast y Fue la mano de Dios

En Belfast el futbol encaja como un excelente elemento narrativo hacia el pasado, periodo donde era romántico, lírico. Pero no es una película de futbol.

Es interesante. Obviamente hay mucha gente que reclama una buena película de futbol. Justo es algo que he reflexionado desde hace tiempo. Partamos de que es muy difícil replicar la emoción que nos da un partido, es decir, hay una magia dentro de eso que tiene que ver con la afición, con lo impredecible del juego en sí.

Por otra parte, creo que las buenas películas que abordan el futbol es que engloban todo lo que hay alrededor de este deporte. Si bien en Belfast el futbol no termina siendo un elemento primordial, se abraza en una historia que hay alrededor. 

Esta historia es la de un niño en los sesenta que sueña con ser el mejor futbolista del mundo, es aficionado del Tottenham Hotspur y sabe que el ídolo nacional es un jugador que nunca aparece a cuadro, Danny Blanchflower. El futbol no se asoma desde una cancha.

Es como cuando escuchamos historias lindas de jugadores. Si nos ubicamos en la actualidad, uno de ellos es Sadio Mané, jugador del Liverpool que recientemente ganó la Copa Africana de Naciones con Senegal. Es un jugador interesante porque puede decirte algo como lo siguiente: “¿Para qué quiero 10 coches Ferrari, 20 relojes con diamantes y dos aviones? ¿Qué harán estos objetos por mí y por el mundo? Yo pasé hambre, trabajé en el campo, jugué descalzo y no fui al colegio”. 

Hablamos de un jugador africano que creció en una zona compleja y que se volvió una superestrella gracias a la oportunidad del futbol. ¿Y qué ha hecho él? Envía mensualmente 70 euros a cada una de las familias del lugar donde creció para ayudarles en su economía. Es alguien interesado en construir hospitales. Es una historia bonita que merecería en algún momento una película. 

A lo que voy es que a veces el atractivo del futbol está precisamente en lo que no vemos. En muchas ocasiones, la emoción está en lo que nos cuentan, tal como es el caso de Belfast con este niño.

Danny Blachflower, jugador al que no vemos y sabemos que existe porque su nombre aparece escrito en un muro, fue vital para las infancias norirlandesas en los sesenta. Era el ídolo nacional, entre otras cosas, por ser capitán del Tottenham Hotspur, equipo inglés.

Termina el balón siendo también una salida a sueños e inspiraciones. En este caso con el jugador que mencionas. Nos acerca a los primeros héroes de nuestras infancias. Respecto a las ilusiones, el futbol es una escapatoria a problemas, principalmente a situaciones sociales y económicas. 

Es una película linda que tiene escenas de balón y que durante la filmación Kenneth Branagh recurrió a sus recuerdos de infancia para ponerse a jugar. El balón en Irlanda e Irlanda del Norte era muy importante, relevante. 

Nos remite a otro tipo de afición por el futbol. Recientemente, no sé si a partir de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, se internacionalizó la adopción de ídolos o jugadores heroicos universales. Nosotros, en nuestra etapa infantil y juvenil, veíamos hacia lo local. Nos interesaban las proezas locales. 

Pensando en voz alta, ¿no será que este niño al irse de Belfast podrá ver en vivo a su Tottenham Hotspur y descubrir nuevos ídolos?

No había pensado en esa posibilidad, en esa lectura, pero me parece muy bonita. Es una opción que le vendría bien a este pequeño porque seguro le duele dejar su hogar y porque su sueño es ser futbolista. 

Con Fue la mano de Dios, Paolo Sorrentino nos regala la posibilidad de sentir el futbol desde la juventud, específicamente el fenómeno alrededor de Maradona en Nápoles.

Como aficionado de futbol te da elementos que tú como espectador puedes ir agarrando para entrarle por distintos frentes. En el caso de esta película podemos hacerlo a partir de la juventud y crecimiento que tiene el personaje, que está basado en el propio Sorrentino. Hay una etapa en la vida donde no te entusiasma ingresar al estadio como lo era antes. O podemos entrarle desde la pérdida que tiene el chico y pensar si en verdad el juego sirve de distractor en esos momentos o no te genera nada.

De hecho, el propio Sorrentino declaró que Maradona le salvó la vida, que con su llegada al Nápoles le salvó la vida.

Si trasladamos ese fenómeno a lo que fue su arribo a Sinaloa como director técnico, una semejanza hay: trascendió a lo social. Culiacán se concibe como territorio narco y beisbolero. Con Maradona eso se modificó por un rato. 

En este caso de Fue la mano de Dios, el futbol tiene una importancia preponderante. Sorrentino grabó donde pasó su infancia en Nápoles. Si bien es cierto que la presencia de Maradona es mencionada, se escucha, da pie al título cuya frase tiene varias metáforas en la película, ya sea porque el director se salvó o porque fue el instante para decidirse a ser cineasta. Aquí Maradona va más allá de ser el ídolo o el dios que comúnmente conocemos. Hablamos de un factor de cambio que influyó en el porvenir de un joven que no sueña con convertirse en futbolista sino un director de cine.

En una vista más amplia podemos decir que Maradona influyó para que el norte de Italia volteara a ver al sur, que era una zona menospreciada. Rompió una barrera que podemos ver con la partida de este chico a Roma para estudiar y crecer en el cine, algo que probablemente no hubiera logrado en Nápoles.

Hay una secuencia donde observamos a las familias viendo en balcones el Mundial de México ‘86 a través de la televisión. Un adulto aprovecha ese momento para ligar el futbol a la política. Existían esas conversaciones mientras se veía un partido. Hoy eso difícilmente pasa porque existe la idea de que futbol y política no se mezclan.

Es parte de la gran conexión que termina teniendo Maradona con su gente. Recordemos el asunto de la historia sobre la disputa por Las Malvinas entre Inglaterra y Argentina. Él termina abrazando esa causa. Siempre fue un hombre muy claro con sus convicciones políticas, incluso las tenía tatuadas. 

Lo interesante es que él sabía que era un personaje con poder mediático y lo usaba a su favor. En contraste, Pelé nunca fue abierto, incluso hay trabajos que han destacado lo timorato que era, o lo neutral que fue para no incomodar a la dictadura de Brasil. Por eso Maradona termina siendo tan importante. 

Y esto de poder ligar a la política y al futbol como dos elementos que pueden convivir es algo que se ha perdido con el futbol actual.

*Enrique Figueroa Anaya es crítico de cine y conduce CinemaNET, CinemaTempo. Colabora en espacios como Cinegarage y CinePremiere. El equipo de sus amores es Cruz Azul.