Generalmente cuando hablamos de la relación entre el futbol y la música, la asociación inmediata de la pelota es con el rock. Claro, muchas historias hay para considerarlo así. En ocasiones se piensa en el reggae por la figura de Bob Marley y su pasión futbolera. Pero si nos vamos a un extremo, la identificación orientada actualmente con los futbolistas nos conduce al reggaeton. Dentro de ese mosaico, ¿acaso hay cabida para ligar al balón con la música clásica y la ópera? Sí, la hay. Muestra de ello es Gerardo Kleinburg.

Hablar de las sinfonías que compuso Beethoven, escribir pasajes históricos de compositores prodigiosos como Mozart o narrar con una genuina mezcla de emociones la desgarradora historia de (des)amor de María Callas, son algunos de los talentos que tiene el crítico y promotor musical especializado en estos temas que tanto le apasionan. Sin embargo, Kleinburg también tiene una intensa y profunda manera de apasionarse con el futbol. 

 

Leal por convicción al estilo y filosofía del Barcelona, devoto a la magia de Lionel Messi y fiel creyente de que Diego Armando Maradona vino al mundo para alegrarnos la vida a través de sus creaciones futbolísticas, Gerardo redondea su perfil futbolero con anécdotas personales que van desde lo entrañable hasta lo traumático. Y en esta ocasión decide compartir un pasaje triste de su trayectoria como enamorado del deporte que es mucho más que un lindo juego.

La trágica y frustrante historia del balón firmado por Brasil de 1970

A veces es preferible no hablar, evitar buenas noticias que de un momento a otro pueden convertirse en fatalidades del destino. Por ejemplo, no hay nada más cruel para un niño que hacerlo soñar e ilusionarse con algo que no podrá cumplirse. Por eso es mejor sorprenderlo con la promesa materializada y, sobre todo, en perfectas condiciones.

Kleinburg sabe mucho de eso. Ha tenido que cargar por décadas con el trauma de una frustración infantil que encuentra sanación en el imaginario de lo que pudo haber sido, es decir, historias paralelas que encuentran en la ficción una posibilidad de escribir un final feliz a un amargo episodio.

Hoy día Gerardo podría darse lujos de magnate y viajar alrededor del mundo sin preocupaciones de no ser porque su fortuna asegurada desapareció antes de que fuera puesta en sus manos. Dicha fortuna no era otra cosa que un balón Telstar Durlast 1970, primero de Adidas en Copas del Mundo. 

Pero no era cualquier balón. Aquel esférico tenía la particularidad de haber sido utilizado oficialmente por Brasil en México ‘70, ni más ni menos que por la histórica selección brasileña que se coronó en esa edición. Y eso no es todo. ¡Estaba autografiado por el plantel campeón del mundo! Pelé, Rivellino, Tostão, Félix, Gérson, Jairzinho, Carlos Alberto y el resto de jugadores campeones firmaron la redonda que Kleinburg iba a recibir como regalo especial prometido. Solamente era cuestión de que extendiera sus brazos para tenerlo, sin embargo, ocurrió lo impensable y lo indeseable.

Nadie mejor que Gerardo para contarlo:

“Yo tenía entre 7 y 8 años. Habían pasado dos años del Mundial de 1970. Soy nieto de la actriz María Teresa Montoya, así que crecí entre actrices, actores y el teatro. Una de esas actrices era mi madre, quien estaba actuando en una obra junto a Amparo Rivelles en aquel entonces. Como no tenía con quien dejarme, me llevaba con ella.

Cargaba conmigo una pelota para jugar en el teatro mientras ella hacía la obra. En una ocasión, el yerno de Amparo Rivelles me vio jugando y  supo que me encantaba el futbol. Me dijo que él no era futbolero, así que me iba a obsequiar un balón de México ‘70 firmado por la selección brasileña porque a él no le interesaba tenerlo. ¡Enloquecí! Se trataba del mayor tesoro futbolístico de la historia. Quedó de llevármelo días después a casa de mi tía, la actriz Alicia Montoya. 

Dando por hecho que el balón ya era mío, que ya me pertenecía, fui a la escuela a presumir a mis compañeros que lo tenía. Hasta planeé cómo cobrar las visitas a mi casa para que lo vieran o lo tocaran. Pero nunca pensé que iba a llegar el aciago momento de mi tristeza.

Estando en casa de mi tía, justo el día en que me citó el yerno de Amparo Rivelles, lo veo llegar sin nada en las manos. No le vi ningún balón en las manos. Eso me desconcertó mucho, sobre todo porque entró con un rostro largo, muy serio. Lo sentí tan incómodo que de inmediato empecé a temerme algo. No podía imaginar qué pudo haber sucedido para que trajera esa cara.

Bueno, directo me comentó que ese balón estuvo guardado durante dos años, por lo que le pidió a la trabajadora del hogar que lo sacara del lugar donde estaba y lo tuviera listo para dármelo. La mujer, al sacarlo, lo vio sucio y rayado de tinta por todos lados en sus gajos blancos. ¿Qué hizo? Lo vio impresentable. Así que se esmeró en lavarlo con jabón, cepillo y zacate hasta borrar todos los rayones (los autógrafos). No solamente los borró, sino que descarapeló los gajos de tanto limpiarlo. Desaparecieron las firmas.

Luego de describirme eso, como si se tratara del cuerpo de un difunto, le pedí de favor que me dejara verlo. A final de cuentas lo vi, pero terminé perdiéndolo porque ya venía cargado de una mala relación conmigo. Era un objeto anticlimático, nadie podía ver realmente qué era. Fue un instante traumático. Fue de las primeras veces que entendí la pérdida, de darme cuenta de que hay cosas que se pierden y no vas a recuperarlas. Es doloroso saber desde niño que existe una pérdida irreparable. Fue muy fuerte para mí.

Recuerdo que lo primero que sentí fue terror de ir a la escuela. Sabía que nadie me iba a creer, que se iban a burlar de mí. Tengo un poco bloqueada esa experiencia, pero fui el hazmerreír. Pese a que mostré lo que quedaba de ese balón, el daño ya estaba hecho.

Hoy, que soy un adulto, fantaseo con tres cosas imaginando que tengo ese balón en mi propiedad. La primera de ellas es que lo aseguro, hay que asegurarlo. Lo segundo es visualizar cómo lo tendría exhibido. Lo tercero es el valor que le adjudicaría en una subasta para vendérselo a jeques árabes. 

Imagino que lo tengo resguardado en un cubo de acrílico con un sistema especial que lo mantiene suspendido, colgado del techo rodeado de una serie de reflectores y con un mecanismo tecnológico que lo hiciera girar. El balón se quedó en mi mente, lo tengo conmigo. Me hago ideas de lo que sería actualmente mi vida si aquella mujer no lo hubiera lavado".