Nuestros padres querían ser como él y nuestras madres lo encontraban atractivo por su perfil de un hombre rebelde e indomable. Steve McQueen fue una figura atípica que irrumpió en Hollywood para demostrar que los galanes no vestían de traje y podían ser adictos a la adrenalina, mayor aún si era con el sonido de un motor como compañía.

El legendario actor tenía fascinación por conducir motocicletas y automóviles sin temor a accidentarse. Por el contrario, sentía un gusto particular por el peligro. Pero esa atracción la llevó al límite de su propia cordura cuando se metió por completo en el personaje del piloto Michael Delaney en la película Le Mans, de 1971.

 

McQueen se olvidó de que era actor. Llegó al grado de sentirse un auténtico piloto de carreras en cuanto condujo un Porsche 911S y aceleró en la pista profesional donde se lleva a cabo el famoso circuito de las 24 horas de Le Mans. Todo cambió en él. De entrada, se obsesionó con la idea de hacer una película realista sobre lo que implica el automovilismo, por lo que propuso filmar con tres cámaras la velocidad de un bólido en movimiento a más de 300 kilómetros por hora. Tomemos en cuenta que las cámaras en aquella época eran de gran tamaño. 

El estreno de Le Mans fue un fracaso en taquilla, sin embargo, con el paso del tiempo, se convirtió en material de culto, especialmente cuando en 2015 se exhibió en el Festival de Cannes el documental Steve McQueen: The Man & Le Mans, de Gabriel Clarke y John McKenna.

Dicho material se centra en el nivel de locura que alcanzó el actor durante los seis meses de rodaje de Le Mans. Para empezar, se sintió seguro de que era piloto, así que no quería que lo doblaran en las secuencias al volante. Quienes trabajaron con él en aquella producción han contado un sinfín de anécdotas, entre ellas una que aborda su resignación a morir en la pista.

Esa concepción de que existía la posibilidad de encontrar la fatalidad en un auto, se tomó con seriedad debido a dos discursos que él daba para explicar su visión de las carreras: sentía pasión por conducir a velocidades extremas y creía que ningún piloto profesional es capaz de explicar el porqué eligió serlo. A partir de sus premisas, se puso sobre la mesa un cuestionamiento que hasta la fecha rodea a la mística del automovilismo: ¿seduce el automóvil que se correrá o la idea de morir en pleno éxtasis por alcanzar esa máxima velocidad que los pilotos llaman “volar”?

Con el caso específico de McQueen, según lo que cuentan quienes atestiguaron su acelerado ritmo de vida y devoción al riesgo, el actor intuía que iba a morir joven, tal como sucedió cuando falleció por cáncer de pulmón a los 50 años de edad en 1980. Al amparo de esa premonición, combinándose con la experiencia de haber manejado a más de 200 kilómetros por hora, el actor encontró en la pista de Le Mans una excusa para vivir con intensidad sin miedo al desenlace.