Hay algo que se desprende de cada palabra que pronuncia: agradecimiento. No hay culpas, no hay rencores, no hay reproches. Claudio Fileppi habla de tu etapa de jugador, ahora que es entrenador de Estudio Galeano, en el Torneo Regional Amateur, como si contara un cuento con final feliz.
Su llegada a Racing a los 15 años, su vida en cada una de las pensiones que tuvo la Academia, su paso por la Selección Juvenil, jugar en Primera, quedar libre, lesionarse y dejar de jugar. Todo hoy forma parte del discurso que intenta bajarles a sus dirigidos, entre los que se encuentra su hijo mayor. Un recorrido al que no le faltó sacrificio y que el relata con absoluto disfrute.
No todos los cuentos son de castillos y reyes. Algunos son de historias de jugadores que la pelearon de abajo y cumplieron el sueño de ponerse la camiseta de la que se hicieron fanáticos, aunque sea por un ratito. Caio debutó en Racing y compartió plantel con Diego Simeone, Lisandro López, Claudio el Piojo López, Claudio Ubeda, Sergio Romero. Y en la Selección fue contemporáneo con Carlos Tevez y Javier Mascherano, entre otros.

Debutó en Racing, donde estuvo casi diez años. Foto Archivo personal.
“Estuve ahí y fue lo más lindo, espectacular. Fue un momento muy lindo que pasé ahí. Conocí el predio, a algunos jugadores de Primera también, me tocó entrenar con ellos, cuando yo recién había llegado a Buenos Aires, para mí era todo. Ver en ese momento al Burrito Ortega, Batistuta, Verón, lo vi un día ahí, me quedé loco, después me tocó enfrentarlo a Verón, jugar con el Piojo López, enfrentarlo al Burrito, que antes lo veía por la tele, ¿no? Ese año pasó todo muy rápido, de verdad que disfruté muchísimo”.
Sus charlas con el Cholo en las concentraciones, el consejo de Chatruc, su relación con Paulo Dybala y el año que quedó en la puerta del ascenso con Instituto y el que subió fue nada menos que River: “No sabés lo que corrió Ferro ese día”, dice con ironía.
De pensión en pensión
Llegó desde Posadas, donde hoy vive después de todo su periplo futbolero, debutó en Primera en un club grande, fue parte de una preselección nacional. Lo cuenta como quien se va de vacaciones a Disney y repasa su viaje deteniéndose en cada detalle. Y lo hace seguido, porque aprovecha esas historias para dejarles un mensaje a los casi 70 chicos que tiene en la escuela de fútbol que creó hace 10 años, que tiene chicos desde los 4 a los 12 años.
“Yo creo que todos los chicos soñamos con eso. Yo por ahí tuve la suerte de poder llegar a ser un jugador profesional y es lindo y a la vez sacrificado. Siempre que doy charlas cuento lo mismo. Todos los que están acá dicen: “No, yo me quiero ir”. Más vale, es lindo, te probás una semana, volvés y todo lindo, el tema es que quedarte dos o tres meses sin volver a ver a tu familia y ahí es lo complicado. Hoy cambia mucho con la tecnología, los chicos están más comunicados con los padres, para nosotros fue difícil. En mi caso hablaba una vez por semana con mi viejo, y hoy yo veo que los chicos a cada rato pueden estar en contacto, así que cambia un montón, pero igual cuesta, estar lejos de la familia. Se tienen que bancar eso para llegar a ser profesionales”.
Llegó a Racing a los 15 años, con edad de Séptima. Vivió en el estadio, en la pensión de Avellaneda, en Boedo, la de Caballito, un hotel, otro, hasta que volvió al famoso hongo que está en las afueras del Cilindro.
Recuerda: “Me acuerdo que teníamos dos computadores para 40 jugadores, estábamos un ratito cada uno en la compu. Hoy cada uno tiene su notebook, o un celular. En esa época ni celular todavía teníamos. Pero fue una linda época. Yo crecí en Racing, hasta en los 23 estuve, casi 24. Racing me dio todo. Así que soy un agradecido, mis dos hijos son fanáticos de Racing. Tengo conocidos que siguen que están trabajando allá, varios chicos”.

Gimnasia de Jujuy fue el primer club al que fue cuando Racing lo dio a préstamo. Foto Archivo.
“En la pensión de abajo del estadio había un teléfono. Pero el que nos cuidaba estaba hasta las 9 de la noche y el teléfono quedaba adentro y ya no lo podíamos usar hasta el otro día. Entonces íbamos al lado de las piletas, había un teléfono público y ahí hablábamos con el cobro revertido… Y hacíamos fila, porque éramos un montón. Llamábamos ahí, los sábados para contarles cómo nos fue en el partido, cómo salimos, cómo jugamos, eso. A la tarde de noche, nos pasábamos haciendo fila ahí para hablar cada uno con su familia y te pasabas 20, 30 minutos hablando y de ahí a esperar otra semana para volver a hablar”.
Otro aprendizaje que se llevó de aquellos años de pensión fue a valerse por sí mismo: “Por ahí no tenías las comodidades que tenías en tu casa, que tu mamá te hacía las cosas. Vos te tenías que lavar, planchar, doblar la ropa, lavarte tus cosas. Para mí fue una experiencia espectacular, hermosa”.
“Nosotros la pasamos bien en la pensión, teníamos lo justo y necesario para comer, no sobraba nada. Yo creo que hoy los chicos la deben pasar muy bien. El club está muy bien hoy, por suerte. A nosotros nos tocó la peor época de la pensión, y cuando me tocó jugar en Primera, no fue el mejor momento como para mostrarse, pero yo soy una agradecido a Racing“.
“Nosotros en la pensión no teníamos gente que te dijera ‘mirá, por qué no hacés esto o seguís esto’. Estábamos medio solos ahí, teníamos el que nos cuidaba, pero no había mucha gente como para encaminarte. Uno termina el secundario y listo, nada más. Hoy me arrepiento de eso. Y yo no quiero que cometan esos errores los chicos que van para la pensión, por eso siempre les digo, que sigan estudiando porque podés ser un crack de chiquito, lo que vos quieras. La rompés acá, vas a Buenos Aires y la rompés allá, pero nada te asegura llegar a ser profesional. Yo tuve compañeros cracks que no llegaron a Primera. Y ellos como la rompían no estudiaban, dejaron el colegio. Y después cuando vieron que quedaron libres, que no conseguían club, se quedaron en bolas. Sin nada, porque no tenían estudios. Sin desmerecer, se van a tener que levantar a las 5 de la mañana a levantar una pared, sin desmerecer el trabajo, eh. Yo lo en mi escuelita les pido la libreta (el boletín) a los chicos. Me lo traen y veo cómo les va en el colegio. Si no, no los dejo entrenar. Así los tengo”.

Fileppi como entrenador de Estudio Galeano. Foto Estudio Galeano.
Cuenta que viviendo abajo del Cilindro, salían a caminar de noche por el estadio, se metían hasta en la cancha. Travesuras de adolescentes que sueñan con jugar ahí. Y a él se le cumplió.
Fue Guillermo Rivarola, allá por el 2005. Lo subió a Primera y lo hizo debutar. En aquel entonces le tocó ser compañero de Diego Simeone, quien cumplió el sueño, antes del retiro, de jugar en el equipo del que era hincha de toda la vida.
Y después asumió como entrenador. “Institucionalmente no estábamos bien. Creo que el tiempo que estuvimos nosotros siempre se estuvo peleando el descenso. Nosotros siempre poniendo la cara, el pecho porque éramos chicos del club, no cobrábamos mucha plata. Jugábamos más por la camiseta que por otra cosa”.
“Al Cholo al principio lo miraba asombrado, antes lo veía por televisión y ahora lo tengo acá, pero te vas acostumbrando en el día a día, él era uno más. Muy profesional, en la pretemporada siempre iba adelante, terminaba los entrenamientos, se ponía a hacer abdominales”, cuenta entre risas. Era un plantel con varios históricos y jugadores de experiencia: Campagnuolo, Ubeda y Bastía, campeones en el 2001, Simeone, Facundo Sava, entre otros.
“En las concentraciones, cuando almorzábamos, yo me sentaba y escuchaba lo que ellos hablaban. El Cholo por ejemplo, te hablaba todo de táctica, de fútbol. ‘¿Vos viste este partido, viste cómo se mueve este?’. Por ahí el Pipa Estévez te hablaba de autos, porque le gustaban los autos. Sabías que el Cholo te iba a hablar de fútbol, seguro. Entonces, por las dudas, miraba fútbol, por si te preguntaba: ‘¿Viste el partido anoche de -no sé, de River-. ¿Viste cómo se mueve este jugador?’. Y después el Pipa te decía, ‘¿che, viste tal auto?’.
“El Pepe Chatruc un día me dijo ‘Caio, mirá, vos sos volante. ¿Y cuántos goles tenés?’. No sé, hice uno, dos goles. Y me dice, ‘yo soy como vos, volante y, hago, ponele, cinco o seis goles por temporada. Y eso es lo que vende. Vos tenés que llegar siempre al área, siempre. Hay un centro por la derecha, estás jugando por izquierda, llegás, que te va quedar un rebote y la vas a empujar y vas a hacer gol, acostumbrate a llegar al área y hacer goles. El volante que no haga goles, no es completo’. Y sabés que eso me quedó grabado y me ha tocado de ir a otros clubes y empecé a hacer goles por llegar al área como él me había dicho, siempre me quedaba ahí atrás para empujarla y así empecé hace 5 o 6 goles por temporada”.
El adiós a Racing
Jugó con Mostaza Merlo y con Teté Quiroz también. Pero cuando llegó Juan Manuel Llop le dijo que no iba a tenerlo en cuenta. Empezó con los préstamos, como les pasa a muchos jugadores que se transforman en moneda de cambio. Se fue a Gimnasia de Jujuy y a Independiente Rivadavia. “La verdad, fue un cambio muy grande para mí. Me costó adaptarme“, dice sobre su primera salida.
“Yo tuve compañeros que pasaron por lo mismo, se iban a préstamo, después volvían, no eran tenidos en cuenta, se tenían que ir otra vez. Sabía que podía pasar eso. Ya estaba preparado. Sabía que haciendo un buen torneo en otro lado iba a tener la chance de quedarme, pero jugando en el Ascenso era más difícil”.
En Independiente Mendoza fue donde peor la pasó. Lo llevó Teté Quiroz, que lo conocía de Racing. Pero vivió dos situaciones que no se olvidó jamás: un terremoto y una apretada.
“En 2009 fue lo del terremoto. Yo vivía en un edificio de 22 pisos y estábamos en el piso 14. Ese día perdimos, rompieron algunos autos de los jugadores, rompieron el mío, los vidrios, y me voy al departamento, lo guardo y después me costaba dormir y yo siempre tomaba una pastilla para dormir después de los partidos. Estaba mirando la tele y sentía como que se movía, se movía el andador del nene. Abro la cortina y veo que el edificio de al lado, que tenían una pileta en el cuarto piso y se veía como el agua se salía. Ahí abrimos la puerta y la gente gritando, bajaba corriendo, bajamos con mi señora y con Bauti y nos sentamos en la plaza, en un frente, estuvimos como hasta las 5 de la mañana. Nos dejaron volver al edificio, allá está todo preparado. Igual estaba con el efecto de la pastilla y me volví a dormir. Nos quedamos asustados y después pedí que me cambiaron a otro lado y nos mandaron a un duplex”.
-¿Y qué pasó con los hinchas?
-Iban a buscarnos a los jugadores, después a los partidos o a nuestro departamento. Horrible, uno no quiere que le vaya mal. ¿Qué jugador quiere que le vaya mal? A veces las cosas no salen como uno quiere, pero los que más sufrimos somos nosotros, que entramos a la cancha, a veces no salen y los hinchas se lo tomaron de una manera muy violenta. Se ponían violentos, te exigían, meté huevo, que no pateés para atrás, boludeces. Nosotros vivimos de eso y queremos que nos vaya bien. Uno entrena para que te vaya bien y por ahí no sale lo que se trabaja. Más la presión de los hinchas que a uno le juega en contra. Después rescindí mi contrato y me volví para Misiones, estuve acá dos meses hasta que me fui a Instituto de Córdoba.
Ya cuando se fue a Córdoba, para jugar en Instituto, se fue con el pase en su poder. Ya no era jugador de Racing. Y tuvo revancha, porque estuvo a poco de ascender a Primera con aquel equipo de Darío Franco y Paulo Dybala (‘era un pibito pero la rompía’) que peleó mano a mano con River el año que estuvo en la B. Aunque siente que la definición no fue del todo limpia.
“Estuvimos ahí, en el último partido con Ferro, si ganábamos ascendíamos y perdimos 3-0 de local. Increíble ese partido. Pero a Ferro le puso plata a todo el mundo. Se corrió la vida contra nosotros. Merecíamos ascender por el torneo que hicimos“, relata Fileppi.
De un lado estaba River, que jugaba con Almirante Brown. Del otro, Instituto se enfrentaba a Ferro como local. Tenía que ganar y subía a Primera la Gloria. “Lo que jugaron ese día. Nosotros entramos confiados y pensamos ‘listo, hoy ascendemos’. Porque de local nos hicimos fuertes en Córdoba. Pero increíble, 3-0 ahí de local y después fuimos a la Promoción con San Lorenzo, pero psicológicamente estábamos destrozados. Era muy difícil”.
-¿Sintieron que Ferro tenía una motivación extra?
-Nosotros en realidad habíamos armado un plantel como para mantenernos en mitad de tabla. Y después nos encontramos con que estuvimos ahí arriba todo el año, peleando y teníamos chance en el último partido para poder ascender contra un equipo que creo que estaba mitad de tabla para abajo más o menos, que no venía bien Ferro. Y dijimos, ‘bueno, chau, acá ya está’. Y la verdad que se ve que hubo mucha guita de varios clubes, los chicos se jugaron la vida ese día contra Instituto y nos ganaron.
-¿Les dijeron algo a los jugadores de Ferro?
-Yo ese día estuve en el banco, ese día no jugué de titular, y de afuera no podíamos creer lo que veíamos, cómo corrían esos chicos, y nosotros no, increíble. No, hasta el día de hoy no puedo creer que no hayamos ganado ese partido que era para coronar lo que se hizo todo el año, era la frutilla del postre. Y después vino San Lorenzo, peor. Aunque jugaba la Promoción tenía muchos jugadores de jerarquía. Y nosotros veníamos mal de la cabeza ya por haber perdido ese partido. Era muy, muy difícil.
Con Dybala quedó pendiente un encuentro, cuando Caio vaya de visita para Córdoba. Lo cierto es que no sale demasiado de Posadas. Aquellos años lejos de su familia los compensó con años viviendo en su Misiones natal, dirigiendo hace tiempo a Estudio Galeano, un club con pocos años de vida pero que está dando pasos firmes tanto en la Liga Posadeña como en el Regional Amateur, su primer torneo importante. En ambos torneos, Fileppi es el DT.

Con un joven Dybala en Instituto. Foto archivo.
La revancha
A nivel deportivo, su revancha llegó en Crucero del Norte, cuando logró el ascenso en la temporada 2014. Para esa época, los dolores en la rodilla no lo dejaban tener continuidad. Para el 2016 ya se había ido del club y después de dos cirugías estuvo siete meses sin poder tocar una pelota. Tenía apenas 30 años.
“Ahí dejé un año. Puse mi escuela de fútbol, mi cancha de fútbol 5. Y volví a entrenar al club donde yo jugaba, que se llama Mitre, un equipo que está en el Federal ahora. Volví a jugar la Liga, me invitaron ellos, empecé a entrenar de a poco, agarré ritmo y ahí me llamó a Guaraní Antonio Franco para jugar el Federal A. Volví un año después de la lesión. Habré jugado uno o dos años más”.
Después jugó Federal Amateur con Atlético Posadas junto con el exIndependiente Juan Eluchans, y cuando la rodilla dijo basta, dejó. “Me operé por última vez hace tres ó cuatro años, el traumatólogo me dijo ‘Mirá, Caio, tenés 35, pero tenés la rodilla de un señor de 70, más o menos’. Si sigo jugando dentro de 5 años me tiene que poner una prótesis. Y ahí dije chau, listo. Operarme, dejame que camine bien y listo. Ahora juego los sábados con amigos, cuando puedo. Una vez por semana, voy y meto un fulbito, pero tranqui, jaja. Es imposible dejar de jugar, cómo voy a dejar algo que hice toda mi vida. No voy a entrenar más, pero dejame jugar. Le meto fútbol con los amigos, un poco para no extrañar tanto. Con los chicos también, me meto cuando hacemos fútbol, no corro mucho pero toco la pelota. Las ganas, siguen. El físico ya piensa otra cosa”.
Pero lo dice con alegría. Con felicidad más que con nostalgia. Porque el fútbol le dio todo eso y al fin y al cabo de eso se trata. La pelota lo hizo feliz y con eso le alcanza.







