Un crack que no cree en la mala suerte está destinado al éxito por el simple hecho de que no confiará el destino de sus acciones a mandatos divinos sino que trazará cuidadosamente los planos para ser el arquitecto de su gloria personal y, sin ningún tipo de egoísmo, la compartirá con sus compañeros de turno, actores de reparto siempre necesarios para que la estrella se consagre en un deporte colectivo.

$bp(“Brid_05145215”, {“id”:”6126″,”width”:”800″,”height”:”478″,”video”:”163160″});

Eusébio no logró conquistar la Copa del Mundo que sí levantaron Pelé y Maradona. Tal vez sea ese el único motivo de que su nombre no permanezca, todavía hoy, en una terna de leyendas. Pero en palabra de expertos “siempre será el mejor jugador de todos los tiempos”, como alguna vez reflexionó Alfredo Di Stéfano, otro fuera de serie sin Mundial.

Producto del dominio colonial que Portugal ejerció en Mozambique hasta la declaración de su independencia en 1975, recibió un nombre católico, en honor a quien es considerado el padre de la Iglesia, algo que poco tenía que ver con las creencias tradicionales de los mozambiqueños. Y como no podía ser de otra manera, los lusos se lo apropiaron cuando apenas era un adolescente que descollaba en el Sporting Lourenço Marques, con la intención de dar un salto de calidad a su fútbol.

Benfica tuvo que esconder a Eusébio bajo un nombre falso para que Sporting de Lisboa no se lo arrebatara.

Aquí no jugó la suerte, porque el legendario Béla Guttman, entrenador húngaro del Benfica, viajó personalmente a tierras africanas para llevarse a ese muchacho capaz de correr cien metros en once segundos, todo un lujo para un fútbol que a los ojos del presente parecía jugarse en cámara lenta. El DT estaba convencido de que marcaría la diferencia y vaya si lo hizo, porque en su primer año con el club, y con dos goles de su autoría, le arrebató la Copa de Campeones de Europa al Real Marid de Di Stéfano, Puskas y Gento.

Consolidado ya como una estrella, Eusébio llevó de la mano a Portugal hacia el primer Mundial en toda su historia, que se disputó en Inglaterra en 1966. Y allí en la tierra donde nació el fútbol, el crack al que ya toda Europa conocía como La Pantera de Mozambique se encargó de probar que las estrellas escriben su propio destino, despojadas de cualquier superstición.

António Simões, compañero en Banfica y en el seleccionado luso, relató hace poco más de un año, en diálogo con FIFA, cuál fue su papel decisivo a la hora de que Eusébio le ganara, para siempre, la pulseada a la mala suerte. “Antes del torneo sorteamos los dorsales. Yo siempre había lucido el 11, pero a Eusébio le tocó el 11 y a mí, el 13. Este número, por supuesto, trae muy mal augurio, así que le dije a Eusébio: ‘Si juegas con el 13 en el Mundial, serás el máximo goleador y nadie volverá a creer nunca más que da mala suerte. Podrías desmitificar para siempre, y para todo un país, el número 13′”.

El delantero no dudó en aceptar el desafío. Confiaba demasiado en sus condiciones como para andar preocupándose por el bordado de su camiseta. Lució el número maligno por primera vez nada menos que un 13 de julio, en el debut mundialista de su selección ante Hungría, un equipo que ya tenía larga tradición futbolística, que había sido subcampeón tres mundiales atrás, en Suiza 1954; y también en el tercer Mundial de la historia, que tuvo lugar en Francia en 1938.

Pese a no poder marcar en aquel encuentro disputado en Old Trafford, puso toda su calidad al servicio de un seleccionado portugués que empezó a dar que hablar con un categórico triunfo 3-1. En el partido siguiente, disputado tres días más tarde, anotó su primer gol en la victoria 3-0 ante Bulgaria; pero su primera actuación consagratoria llegaría el 19 de julio, en el cierre del Grupo C.

Ante el Brasil de Pelé, que llegaba como el bicampeón del mundo, anotó dos goles en el Goodison Park de Liverpool, no sólo para conseguir un triunfo 3-1 que clasificó a Portugal a la siguiente ronda, sino además para dejar al más gigante de los gigantes fuera de competencia.

Los cuartos de final emparejaron al seleccionado luso con la sorprendente Corea del Norte, un equipo de vértigo puro que en la fase de grupos había derrotado y eliminado a Italia, otra selección bicampeona del mundo. Tal fue la ráfaga norcoreana que en 25 minutos del primer tiempo Portugal ya perdía el partido 3-0.

Junto a el brasileño Ademir, Eusébio es el cuarto jugador que marcó más goles en un mismo Mundial.

En medio de la catástrofe, Eusébio construyó la que para muchos, y con perdón del partido épico que Diego Maradona jugó ante Inglaterra en México 1986, fue la actuación individual más memorable en la historia de la Copa del Mundo, anotando dos goles en aquella primera mitad y dos más en el complemento; y cediéndole a José Augusto, como todo buen compañero, la posibilidad de sellar el tanto definitivo para la victoria 5-3 que los clasificó a semifinales.

En Wembley, ante Inglaterra, Portugal pagó el precio del desgaste físico que le había demandado el combinado asiático, además de sufrir algunas decisiones de un arbitraje que, desde el inicio de la competencia, pareció estar comprometido en que los locales se quedaran con su primer título mundial. Fue derrota 2-1, gol incluído de La Pantera, y fin del sueño de campeonar.

El mal trago se digirió, en parte, con la victoria ante la Unión Soviética en el partido por el tercer puesto, 2-1 con el último aporte goleador que Eusébio haría a la Copa del Mundo de 1966. No hubo medalla dorada para él, pero sí una Bota de Oro que premiaba los nueve goles que logró marcar en seis partidos. Todo gracias al intercambio que le propuso su buen amigo Simões. Mejor dicho, todo gracias a que Eusébio sabía que podía brillar le pusieran el número que le pusieran en la espalda.

+Ali Daei: el dueño del gol