A Fernando Belluschi le sobra rock. Como jugador fue un distinto dentro de la cancha y en la actualidad, ya consumado su retiro, decidió quedarse a vivir con su familia en Río Cuarto -tras su paso por Estudiantes-, pero no se quedó quieto, ya que inició el emprendimiento de un bar y también un programa de streaming que se llama Club Atlético Rock And Roll, donde mezcla sus dos pasiones: el fútbol y la música.
Si bien en la cancha era un revulsivo, un tipo que hacía parar a los hinchas de su equipo cuando tenía la pelota, cuando habla es una persona calmada, simpática y sobre todo con los códigos del fútbol. Fernando Belluschi dialogó en exclusiva con BOLAVIP y repasó sus comienzos en Newell´s, el título del Apertura 2004, la importancia de los experimentados y la cercanía del Tolo Gallego.
También contó cómo fue su pase frustrado a Boca, cómo terminó en River, los Superclásicos que jugó, el partido perfecto ante Vélez, cómo fue tener como entrenador a Pasarella. Por otro lado, analizó su gran paso por Porto, su ciclo en San Lorenzo y cómo fue el tramo final de su carrera.
-¿Cómo nace tu amor por el fútbol y dónde te formaste?
-El fútbol para mí siempre fue una pasión enorme, contagiada por mi viejo, que hasta hoy sigue siendo muy futbolero. Cuando era chiquito, le gustaba jugar conmigo y con mi hermano. Teníamos una canchita enfrente de casa, en Los Quinquinchos, y jugábamos todo el tiempo. Después empecé a jugar en el equipo del pueblo, Federación de Los Quinquinchos, con mis amigos de la escuela y del barrio. Fueron los momentos más lindos que recuerdo: jugar a la pelota con los pibes, ir a los torneitos de los pueblos vecinos… Eso lo valoro muchísimo. Siempre les digo a los más chicos que disfruten esa etapa, porque es la más linda: jugar con tus amigos en tu club. Nunca más vuelve, aunque después juegues en grandes ligas. Así fueron mis inicios, hasta que me fui a Newell’s a los 13 años.
-Siempre fuiste un jugador muy técnico, ¿con eso se nace o se practica?
-Creo que va mucho por lo genético, sobre todo la inteligencia para tomar decisiones. Me encantan los jugadores que anticipan el juego, que quieren ganarle un segundo a la jugada. Eso difícilmente se entrena al 100 %, aunque sí se puede mejorar: viendo fútbol, observando a ciertos jugadores, practicando pases, gambetas o remates. Uno prueba cosas nuevas y se da cuenta de qué le sale mejor. En mis primeros años en juveniles de Newell’s no sé si me di cuenta plenamente de mis cualidades, pero sí tenía clarísimo, muy adentro, que iba a jugar profesionalmente. Era más una sensación, un deseo fuerte, que un análisis frío. Sabía que en algún momento iba a llegar a primera.
-¿Llegar a Newell´s y formarte ahí te daba cierta tranquilidad al ser un club que suele darle espacio a los pibes de la cantera?
-A los 13 no lo analizaba tanto. Mi viejo me llevó porque era un club hermoso, cerca del pueblo, y tenía ganas de probarme. Pero sí, Newell’s me dio la chance de debutar a los 18. En otros clubes quizás no hubiese sido tan rápido. Jugaba mucho en Reserva con grandes jugadores arriba, y sabía que con un recambio generacional me iba a tocar. Entrenar con primera fue emocionante: el sueño de mi vida. Ver que varios de la pensión, mis amigos de inferiores, empezábamos a tener chances juntos… Debuté en 2002, pero en 2004 habíamos salido campeones siendo pibes. Pasar de comer en la pensión a ser el mejor equipo de Argentina fue increíble. Cumplí el sueño muy rápido, cuando hay miles de jugadores con calidad que nunca lo logran.
-Que equipazo ese que salió campeón en 2004…
-Hoy lo analizo y digo “qué equipazo teníamos”, pero en ese momento tenía 20 partidos en primera, éramos todos pibes con hambre. Encontramos conexión: juventud con experiencia (Villar, Maidana, Rosales, Zapata, el Mago Capria, Ariel Ortega…), un técnico que representaba mucho para el club, y una comunión hermosa. Los grandes nos aconsejaban, había juntadas, diálogo constante. Nosotros entendimos el mensaje y lo aprovechamos.
-Hablando de magia, ¿qué aprendiste de Ortega y el Mago Capria?
-Con Ariel fue un sueño. Venía de Turquía, un año sin jugar, y caer en Newell’s… Al principio te intimidaba entrenar al lado suyo, pero después vimos que era una excelente persona. No hacía nada raro: solo jugaba a la pelota, gambeteaba, hacía jugar a los demás. Nos incentivaba: “encará, dámela, pegale”. Eso, que el Burro Ortega te diga “jugá”, era único. Aprendimos mirándolo y atreviéndonos más. El Mago era distinto: un tipazo, comunicador nato. Sentía que su rol era aconsejar, corregir, mirar qué nos faltaba. Me daba consejos mínimos en tiros libres, en el cuerpo, en la pegada… y lo tomaba como ejemplo. Lo hacía de forma que uno quería probarlo. En mi última etapa intenté hacer lo mismo con los más chicos; es una satisfacción enorme ser referente. Estoy muy agradecido a esos jugadores.
-Al final de tu etapa en Newell’s surge el rumor: estabas vendido a Boca y terminaste en River. Contame esa historia.
-Son cosas del fútbol que no tienen explicación y siempre terminamos perjudicados los jugadores. Me decían que estaba vendido a Boca y que en cierto momento pasaba automáticamente. Nunca vi papeles, nunca tuve contacto con nadie de Boca. Cuando se acercaba la fecha, River mostró interés real: el entrenador quería que vaya, hicieron esfuerzo económico, vinieron a Rosario a buscarme. Eso no pasa todos los días. Valoré que me demostraran ganas de tenerme y decidí ir. River pagó lo que pedían y me convertí en jugador de River.
-¿Cómo fue llegar a River y ese primer Superclásico del Apertura 2006?
-Fue un cambio gigante: de un pueblo de 2500 habitantes a Rosario, y después a Buenos Aires, con repercusiones enormes. Me sentí muy bien en River, tengo recuerdos hermosos aunque fue corto. Ponerme la camiseta por primera vez, el Monumental… fue intenso y lindo. Gané dos de tres superclásicos, empatamos uno. Ese del 2006 fue inolvidable: marco espectacular, papelitos, participé en los tres goles. Una locura.
-En ese clásico hizo dos goles el Pipita Higuaín. ¿Ya se veía su jerarquía en los entrenamientos?
-Sí, desde el primer día que entrené con él. Tenía una calidad impresionante, frialdad en el área, definición… No necesitó muchos partidos para demostrarlo. Es de los mejores delanteros de la historia del país. Aunque compartimos poco tiempo, nos entendimos muy bien y disfruté muchísimo jugar a su lado.
-Passarella te dirigió en River. ¿Qué te dejó un técnico tan relevante?
-Le estoy muy agradecido. Fue quien me llevó al club y me dio confianza para creer más en mí y en lo que podía darle al equipo. Siempre me hablaba, me aconsejaba. Me puso capitán a los 23 años; esa confianza nunca se la voy a olvidar. Era un tipo con mucha personalidad, que te hacía sentir que estaría al lado tuyo hasta el final, jugándosela por el equipo. Más allá de lo que pasó después, para mí fue muy importante en esa etapa.
-Para cerrar tu paso por River, tuviste un partido perfecto contra Vélez. Contame ese partido y qué pasó, porque te salieron absolutamente todas.
-Son esos días en los que entrás a la cancha y sentís que va a ser positivo. Venía jugando bien y ese día todo salió redondo. Sentía que podía haber hecho hasta más goles, porque cuando te salen todas, pasa eso. Fue inolvidable; hasta hoy la gente de River me lo recuerda con alegría. El equipo jugó un partidazo y los goles fueron todos golazos, no hubo ninguno fácil. Quedó grabado en la memoria.
-Después de River pasaste por Grecia, pero detengámonos en Porto, donde ganaste muchos títulos…
-En Porto fue espectacular: estuve dos años y medio, tres en total (incluyendo préstamo). Entré con mucha confianza, sentí el club como propio desde el día uno. Había muchos argentinos que me hicieron sentir en familia, y éramos más sudamericanos que portugueses. Unión de grupo hermosa entre argentinos, uruguayos, colombianos, brasileños… Compartí con James, Falcao, Hulk, Moutinho, Maicon… En 2011 nació mi hija mayor y ganamos cinco títulos, incluida la Europa League. Ciudad tranquila, gente que te apoya todo el día porque el equipo es de la ciudad. Estadio hermoso, títulos… los mejores recuerdos.
-¿Fue futbolísticamente lo mejor de tu carrera?
-Sí, sin dudas. El Lobo Ledesma me decía que entre los 27 y 30 años uno mezcla experiencia, buen físico y todo se alinea. A los 27 llegué a Porto en plenitud total: físicamente bien, conectando con compañeros, entendiendo mejor el juego, corriendo mejor. Fue el paso más lindo.
-Después volviste al fútbol argentino, a San Lorenzo. Uno de tus primeros partidos fue esa famosa final contra Boca en Córdoba: goleada, título. ¿Qué reflexión hacés de tu paso por San Lorenzo, y puntualmente de ese partido?
-Entré 15 minutos con Patronato antes, pero ese fue mi primer titular. No entendía del todo el mundo San Lorenzo, pero me habían dicho que los partidos con Boca son únicos, clave, más importantes que los clásicos. Fue épico: hice el primer gol, terminamos 4-0 contra un Boca muy bueno. Éramos superiores. Hoy la gente de San Lorenzo me lo recuerda como uno de los últimos grandes partidos de la institución. Me da orgullo haber participado, ganar un título que hacía tiempo no se daba. Disfruté mucho el paso por San Lorenzo: buenos rendimientos, entregué todo. Después vinieron lesiones en las rodillas y complicaciones en las vueltas, pero el hincha me reconoció mucho.
-Para 2020 pasás a Lanús, con la pandemia de por medio. Para un jugador de tu edad y características, ese parate prolongado… ¿creés que afectó que no pudieras brillar más?
-Fue raro todo. Llegué hace poco, me estaba adaptando; el club me recibió espectacular, dirigentes y sobre todo el entrenador que me enseñó muchísimo. Estuve en un equipo con referentes como el Pepe Sand, Lautaro Acosta y muchos pibes jóvenes. Llegamos a la final de Sudamericana, que la perdimos con Defensa, en un año difícil: pandemia, entrenamientos raros, sin público… No me adapté del todo físicamente para dar más, pero valoro el año.
-Después de Lanús volviste a Newell´s, ¿fue como lo esperabas?
-Volví a casa: desde los 13 años ahí, con amigos que me enseñaron fútbol y vida. Fue un regreso uy sentimental, reencontrarme con ese pibe de pueblo soñador. Pensé que futbolísticamente iría mejor, pero fue un año raro: cuatro entrenadores, cambio de presidente, resultados no acompañaron, poca confianza de los DT. No fue lo esperado en lo deportivo, pero lindo por las conexiones: con Nacho Scocco, La Fiera, Gato Formica, Pablo Pérez… compañeros de Inferiores. Aporté desde lo que podía, sobre todo con los jóvenes: darme cuenta de que lo que hacen los grandes influye. Buen año en lo humano.
-Tu último paso fue Estudiantes de Río Cuarto. ¿Por qué decidieron con tu familia quedarse viviendo ahí?
-Al terminar contrato en Newell’s, el presidente quería que me quede porque era el único experimentado, pero cambió de idea al final del campeonato. Me entristeció. Aparecieron ofertas de Primera que no me entusiasmaban: presión, riesgo de descenso… Y surgió Estudiantes con una propuesta distinta: Nacional B, ciudad chica de Córdoba. Con mi mujer pensamos: “vamos, conocemos; si no gusta, termino carrera”. Nos encontramos un club lindo, me recibieron bien, chicos con hambre de crecer y jugar en Primera. Me sentí en rol de experimentado: aconsejar, charlar con dirigentes para mejorar el club. Como familia nos sentimos muy bien; disfruté los dos años de jugar. Después me rompí los cruzados, operé dos veces y se complicó todo. Pero agradezco a la gente de la ciudad que me trata de maravilla. Por eso decidimos quedarnos: proyectos más allá de lo futbolístico, familia contenta y en casa después de tanto recorrido. Tiramos el ancla acá.
-Contame qué es Club Atlético Rock and Roll y cómo es que tenés un bar en Río Cuarto
-Club Atlético Rock And Roll, el bar, nació después de lesionarme los cruzados: nueve meses parado es durísimo para un futbolista. Hice buena relación con el dueño de Elvis (bar donde tocan bandas de rock). Charlando, surgió hacer más que solo shows: primero una radio, después un manager sugirió streaming. Arrancamos con entrevista a Las Pastillas del Abuelo: distendida, charlando fútbol y música. Gustó, tuvo repercusión. Le metimos energía, forma seria y creamos el programa de streaming donde entrevistamos bandas que vienen, sacándolos un poco de lo musical. Hablamos de fútbol, pasiones, cómo viven igual que cualquier hincha: cuándo iban a la cancha, familias, por qué son de tal club… Mezclamos las dos grandes pasiones argentinas: fútbol y rock/música. Salen cosas espectaculares; los músicos se sienten en otro ámbito y cuentan lindo. Ahora cubrimos Cosquín Rock con Quilmes. Incursioné en facetas que desconocía, me hace bien. También abrimos un bar al lado de la cancha: Club Atlético Rock and Roll, pantalla gigante para ver partidos de Estudiantes y otros, birra, pizza… Entusiasmado con estas cosas nuevas, viniendo de otro palo, pero me hizo muy bien y lo disfruto.
-Elegí tres excompañeros para ver un buen recital de rock. ¿A qué banda van y con quiénes te pasás el día?
-Primero, Memo Borghello para ir a ver La Renga otra vez que desde época de la pensión nos escapábamos a ver bandas a los 14. Después, con Ariel Ortega iríamos a algún recital cumbia que él es muy cumbiachero. Otro de rock es con Nery Leyes a Gardelitos, que le le gustaban mucho y, nunca los vio.
