Fue el 22 de agosto de 1971 cuando la Selección Mexicana Femenil derrotó 4-0 a Inglaterra en el Mundial celebrado en el Estadio Azteca. Aquella hazaña demostró que, aun con carencias estructurales, en nuestro país sobra talento para vencer a las grandes potencias. Casi 55 años después, el Coloso de Santa Úrsula vuelve a abrir sus puertas este domingo 5 de julio para recibir a los ingleses en el Mundial varonil. Y la pregunta que inunda el ambiente es la misma: “¿Y si sí?”.
Esta frase es un estandarte de esperanza que trasciende la cancha; conecta con el inconsciente colectivo de un país que sueña con la gloria deportiva, pero también con la utopía de recuperar el patrimonio histórico (como la máscara de Tezcatlipoca o los dinteles de Yaxchilán) que hoy resguarda el Museo Británico. ¿Y si sí le ganamos a Inglaterra? ¿Y si sí recuperamos lo nuestro? ¿Y si sí somos campeones del mundo?

Desde la psicología del deporte, este mantra no es un simple eslogan que han ocupado las marcas para vender o simpatizar; es una creencia arraigada en la identidad mexicana.
El “poder de la amistad” y la identidad compartida
“Dentro de la psicología del deporte nos enfocamos en procesos cognitivos y desarrollo de habilidades, pero a veces dejamos de lado el proceso cultural, ese que hace creer en el ‘poder de la amistad’ adaptado a nuestro contexto”, explica la Maestra y Psicóloga del Deporte, Karime Martínez.
De acuerdo con la especialista, aprendemos por observación: ver a un equipo que sufre y se esfuerza igual que el ciudadano común eleva la autoconfianza del aficionado, generando un diálogo interno positivo.
Por su parte, la psicóloga deportiva del Club San Juan del Río, Shankara Parga coincide en que este fenómeno funciona como un espejo aspiracional. “Es algo que nos une, genera un sentido de pertenencia y conecta motivos con resultados memorables”. Simplemente se puede ver en los videos que inundan las redes sociales donde un mexicano llora, sonríe, vuela, se divierte, juega en los charcos o llena de espuma a los demás.
Bajo la máxima de que “un mexicano nace donde quiere”, el grupo ha sabido resarcir fracturas culturales. Casos como los de Julián Quiñones o Álvaro Fidalgo (quienes en su momento enfrentaron el debate sobre la identidad y el rechazo a los naturalizados o extranjeros arropados por el entorno) hoy demuestran cómo el sentido de pertenencia se construye con hechos. Quiñones se convirtió en ese jugador que acompaña, platica, desarrolla y ayuda al grupo; hoy, la afición festeja sus goles porque se entiende que pertenecer es una decisión de entrega diaria, explica Martínez.
Roles definidos: El homenaje a Ochoa y el equilibrio del ego
La salud mental de un plantel radica en el control de las variables que están en sus manos mediante la inteligencia emocional. Uno de los mayores éxitos de este grupo ha sido la cohesión en torno a sus figuras. El camino hacia la despedida de Guillermo Ochoa es el ejemplo perfecto de un equipo que trabajó unido para que su histórico guardameta pudiera compartir su legado en lugar de guardárselo, permitiéndole retirarse con la satisfacción del deber cumplido y el respaldo total de su país.

Para que esto funcione, cada futbolista debe entender y aceptar su rol. Como apunta Parga, “a veces los equipos con tantas estrellas no funcionan porque falta esta claridad”. El éxito actual radica en reconocer las fortalezas individuales y encontrar la compensación de habilidades, hombre por hombre, ante lo que se percibe como una amenaza rival.
Así ocurre con las realidades de jugadores como Gilberto Mora o Raúl Jiménez, quienes mantienen encendido lo que Parga define como un “fueguito en el corazón que tiene que crecer”, permitiéndoles no darse por vencidos ni siquiera cuando la edad, las lesiones o las pérdidas se imponen en sus caminos.
El método lúdico de Javier Aguirre: Menos presión, más reacción
Aunque muchos pensamos que el equipo mexicano sólo bromea, juega y se divierte en lugar de entrenar, la realidad es otra. Claro que los jugadores trabajan, pero ante las cámaras sólo se les permite mostrar esos momentos lúdicos, que aunque no parezcan, también son una estrategia física dentro de los partidos.
Gran parte de esta gestión mental pasa por las manos de Javier “El Vasco” Aguirre. De acuerdo con Shankara, en juegos como el famoso “caballito”, hay ciencia aplicada. “Factores clave que se están trabajando como: fuerza, motricidad fina y gruesa, velocidad de reacción, atención, concentración y potencia. Cosas que, al trasladarlas al partido, son totalmente funcionales”.
Estas dinámicas no solo sirven como un plan de entrenamiento físico oculto, sino como la herramienta perfecta de inteligencia emocional para bajar la presión en los momentos más tensos, como la llegada al estadio o las largas esperas por retrasos de partidos debido a las tormentas eléctricas.
Haciendo grupo, el “Vasco” Aguirre dota al jugador de la certeza de que puede lograr grandes cosas porque hay un trabajo de respaldo. Mantiene los pies en la tierra de los que ya ganaron para que no se estanquen, y desafía al plantel a buscar siempre el siguiente objetivo.
Al final del día, la mente del estratega es el eje del éxito: “A veces el trabajo del psicólogo del deporte es un 10% con los jugadores y un 90% con el entrenador, porque él es quien se encarga del manejo absoluto del grupo“, concluyen las especialistas. Este domingo, con la estrategia de Aguirre en la mente y el “¿Y si sí?” en el corazón, México saldrá a buscar otra página dorada ante la historia.
En síntesis
- Javier Aguirre utiliza dinámicas lúdicas como estrategia física y mental para sus futbolistas.
- México e Inglaterra jugarán este domingo 5 de julio en el Estadio Azteca.
- Guillermo Ochoa recibe el respaldo de su equipo en el camino hacia su despedida.






