Detrás de cada figura que se gana un nombre y reconocimiento a nivel mundial, por lo general, se esconden historias de personajes fundamentales para que esos suceda, las cueles suelen ser menos visibles, pero están repletas de esfuerzo silencioso y sacrificios personales. En el caso de Franco Colapinto y su llegada a la Fórmula 1, esa historia tiene un nombre y apellido: Aníbal Colapinto.

Nacido y criado en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, hijo de Leónidas Colapinto, un abogado y escritor respetado, especializado en Derecho de Familia y Derechos Humanos, Aníbal descubrió la velocidad por sus propios medios e inmediatamente quedó enamorado de todo lo que ello conlleva.

Aníbal Colapinto hizo de la velocidad no solo una pasión juvenil, sino el motor que impulsó a toda su familia y fue el puntapié inicial para lo que Franco es hoy. Todo comenzó en las pistas del Speedway de su ciudad natal donde descubrió la velocidad, compitiendo en motos y absorbiendo todo lo que el deporte le ofrecía: adrenalina, riesgo, golpes y aprendizaje constante.

Todo comenzó en los Speedways de Bahía Blanca. (Archivo)

Abogado de profesión, fierrero por vocación

Desde temprano se vio atraído por los motores y la mecánica; alternó trabajos en talleres con la escuela técnica y pronto su vida empezó a girar alrededor de las máquinas y las competencias. Con el correr de los años, esa pasión lo llevó también al automovilismo, donde compitió en categorías zonales y nacionales.

Aunque el automovilismo siempre fue su pasión, Aníbal también desarrolló una carrera profesional fuera de las pistas. Estudió abogacía y trabajó en el ámbito privado, lo que le permitió sostener económicamente a su familia. Sin embargo, los motores nunca dejaron de ser parte de su vida cotidiana. Franco creció entre relatos de carreras, visitas a talleres y fines de semana en autódromos.

Aníbal Colapinto llevó la pasión de las dos ruedas, a las cuatro. (Archivo)

En más de una entrevista, Aníbal recordó que su hijo prácticamente aprendió a caminar entre autos de carrera. Franco se crio con el automovilismo como su entorno natural.

Con el tiempo, Aníbal se empezó a ganar un nombre y crecer dentro del deporte, pero no únicamente como piloto, sino que empezó a generar lazos que, con el paso de los años, lo llevaron a tener su propio equipo dentro de Turismo Carretera (TC), la principal categoría dentro del deporte motor en Argentina.

El #43 como legado y los dos grandes sacrificios por y para Franco

El punto de inflexión llegó cuando el talento de Franco empezó a sobresalir en el karting argentino. Aníbal entendió que, si quería competir al máximo nivel, debía dar el salto a Europa. No era una aventura menor: implicaba una inversión enorme y soltar a Franco para que haga su vida. Con apenas 14 años.

Tras los éxitos en el karting argentino, Aníbal tuvo que tomar la decisión de dejar ir a Franco a Europa. (Archivo)

La decisión más fuerte fue dejarlo ir a Europa, por su cuenta, alejado de la familia. Vender una casa para financiar esa campaña casi que fue lo de menos, en comparación. El destino fue la Fórmula 4 Española. La apuesta tuvo recompensa inmediata: en 2019, Franco se consagró campeón, confirmando que el sacrificio había valido la pena.

“Sabíamos que íbamos a sufrir, pero era la única forma”, contó Aníbal en una entrevista al tiempo, recordando aquellos meses en los que su hijo, con apenas 14 años, se instaló en Europa para perseguir el sueño.

Aníbal Colapinto, el principal responsable de que hoy Franco esté en la F1. (Archivo)

Ese sacrificio no fue algo que Franco Colapinto dio por sentado. Muy por el contrario, cada una de sus carreras hoy en la Fórmula 1, que son el sueño cumplido, las corre con el #43 acompañándolo. El número de su padre, el que usó Aníbal como piloto, el legado de la familia Colapinto, y el recuerdo patente de todo lo que la familia dio para cumplir el sueño máximo.