Sufrió, resistió y encontró la manera. Ahora sí empezó el verdadero Mundial para la Selección Argentina. En un partido para el infarto, muy lejos de la autoridad que había mostrado durante la fase de grupos, el equipo de Lionel Scaloni necesitó 120 minutos para superar 3-2 a Cabo Verde y meterse en los octavos de final. Allí la espera Egipto, pero antes de pensar en ese cruce, la Albiceleste deberá sacar conclusiones de una tarde que la obligó a sufrir como nunca en el torneo.
Hasta ahora, Argentina había transitado el Mundial con la tranquilidad de quien marca diferencias desde la jerarquía. Pero los mata-mata no entienden de antecedentes, y Cabo Verde se encargó de recordárselo. El seleccionado africano confirmó por qué había sido una de las grandes revelaciones del certamen: jugó sin complejos, impuso un desgaste físico permanente y jamás resignó la convicción de ir a buscar el partido aun estando en desventaja.
La Albiceleste encontró cerca del final del primer tiempo una ventaja gracias a una acción que resume buena parte de su identidad. El pase quirúrgico de Lisandro Martínez y el control orientado de Lionel Messi fueron de otro nivel, de esos que parecen resolver cualquier problema. Sin embargo, el gol no tranquilizó al equipo. En el complemento comenzó a dividir más la pelota y dejó que el desarrollo se transformara en el terreno que más le convenía a Cabo Verde.
Allí apareció otra faceta de este seleccionado. Si durante los últimos años fue reconocido por su capacidad para controlar los partidos, esta vez debió hacerlo desde la resiliencia. Cada vez que logró ponerse nuevamente en ventaja —primero con el golazo de Lisandro Martínez y luego con el cabezazo salvador de Cristian Romero— Cabo Verde respondió inmediatamente, obligándolo a convivir con una tensión que hasta aquí no había experimentado en la Copa del Mundo.
No fue la mejor versión futbolística de Argentina. Le costó sostener la posesión, sufrió cuando el partido se rompió. Pero también mostró algo que suele definir a los equipos que llegan lejos: cuando no pudo imponer su fútbol, encontró recursos para competir. Aguantó los golpes, volvió a levantarse y terminó sacando adelante un partido que perfectamente podría haberse escapado.
Argentina avanzó. Y eso es lo verdaderamente importante. Pero el triunfo también dejó un mensaje claro: la fase de grupos quedó atrás. Desde ahora cada error cuesta mucho más, cada detalle pesa el doble y ningún rival concede ventajas. La clasificación llegó, aunque acompañada de una enseñanza que puede resultar tan valiosa como la victoria: para seguir soñando con defender la corona, habrá tardes en las que el talento no alcance y toque ganar desde el sacrificio.





