“Al cierre de esta edición, la Selección Argentina arribaba a la ciudad de México convirtiéndose en el primer equipo de los que jugarán el Mundial que llega a esta capital, bajo un severo dispositivo de seguridad montado en el aeropuerto local”. El Diario Clarín publicaba aquel 5 de mayo de 1986, que el equipo dirigido por Carlos Salvador Bilardo pisaba tierras aztecas nada menos que 28 días antes de iniciarse la competencia. El primer partido sería recién el 2 de junio, ante Corea del Sur.
No era una llegada tranquila, no sólo por los episodios de violencia a nivel mundial que se estaban viviendo en aquellos tiempos en los aeropuertos internacionales. Puertas adentro, el arribo al país sede de la Copa del Mundo tampoco era una panacea para el equipo nacional. El Doctor estaba en el ojo de la tormenta: hasta el presidente Raúl Alfonsín lo quería fuera del equipo a menos de un mes del debut. Todo era un caos y el rendimiento del equipo colaboraba con esa incertidumbre.

Aquel equipo que logró el título. Foto archivo.
“Muchachos, en la valija pongan un traje y una sábana. El traje lo usamos cuando bajemos del avión con la Copa. La sábana por si perdemos y tenemos que irnos a vivir a Arabia”, les había dicho Bilardo. Tras la compleja clasificación en junio del 85 con el 2-2 ante Perú y más tarde la famosa concentración en Tilcara, a comienzos del 86, llegaba el momento de la segunda gira, la última y definitiva prueba antes de buscar la revalidación del título logrado en el 78.
“En Ezeiza, ni los familiares nos despidieron“, contaron varios futbolistas en aquellos tiempos. Es cierto que el equipo abandonó el país 37 días antes del Mundial, para encarar lo que sería la última gira previa, luego de aquella que había realizado en marzo y por Europa, que tampoco había dejado una buena cosecha de resultados.
Perdió 2-0 con Francia, venció 2 a 1 al Napoli en el San Paolo y finalmente le ganó apenas 1-0 al Grasshopper de Suiza. Maradona regresaría a Italia regalando el título para el artículo que publicó El Gráfico: “Somos una Selección perseguida”, dijo. “Si la gente no nos quiere, qué vamos a hacer. Nosotros seguimos con lo nuestro, compenetrados a muerte en las metas que nos fijamos. Aunque tengamos que luchar solos“, agregó en aquella nota.

Maradona después de la gira por Europa. Foto Archivo.
En aquel momento, además, se dudaba sobre la presencia de Daniel Passarella, capitán y campeón en el 78, ya que la Fiorentina no lo cedía para la competencia. La situación se destrabó por el lado institucional, pero comenzaría otra historia: sin la cinta, que ahora era de Diego, el Kaiser llegaría al Mundial enfrentado con Bilardo y Maradona y tras enfermarse en México, no jugaría ni un minuto en toda la copa.
El destino siguiente del equipo nacional era nuevamente Europa y luego Medio Oriente, para caer ante Noruega en Oslo por 1-0. César Luis Menotti, enfrentado con Bilardo y quien además era el elegido del presidente Alfonsín (hincha de Independiente) para reencaminar al equipo, declaró en El Gráfico: “La Selección no jugó en Buenos Aires, en Mar del Plata, en Mendoza, en el país porque Bilardo le tiene miedo a la gente. La verdad es muy clara: a nadie le gusta la Selección“. Argentina pasaría dos años sin jugar en el país.
El último partido antes de llegar al destino sería ante Israel: fue 7-2 en el estadio Ramat Gan de Tel Aviv, con goles de Almirón, Maradona, Borghi y Carlos Tapia. después, llegaría un partido más, el último y el que decantó en aquella reunión que cambió todo. Otra vez lejos de enfrentar a un seleccionado, el 15 de mayo jugó con Junior de Barranquilla, como visitante. Y terminó en igualdad sin goles.
Más tarde, ya instalados otra vez en la concentración del América, se volcaría definitivamente a los amistosos no oficiales y otra vez ante equipos: jugó contra el local, el América, también con Atlante y el Neza. Partidos de más minutos que lo normal, con equipos mezclados entre suplentes y titulares. El primero lo perdió, los otros dos fueron triunfos.
La llegada a México
El lunes 5 de mayo de 1986, la Selección Argentina se instalaba en el complejo deportivo del club América, apenas a 5 cuadras del Azteca, donde se jugaría la final. Un espacio austero de 1300 metros cuadrados donde Argentina se afincó 28 días antes del debut, pensando también en la aclimatación a la altura de México. El equipo estrenó las instalaciones, pensadas para 16 jugadores pese a que el plantel estaba compuesto por 22.
En aquel lugar existió La Isla, un espacio apodado asó porque se encontraba a 200 metros del resto de las instalaciones, donde se ubicaron Ruggeri, Valdano, Trobbiani, Almirón, Passarella y el Tata Brown. Un quincho que Bilardo había mandado a cerrar, y donde se improvisaron tres habitaciones. Ese espacio, alejado, además, sirvió para las reuniones por el hermetismo que se lograba y que era fundamental: allí comenzaron las famosas reuniones previas del equipo, consciente de las voces externas que hablaban de voltear al técnico y de críticas a los jugadores por el bajo rendimiento. La creación real de un grupo que luego culminó en el título tras la final con Alemania.
Empate y gritos
El pase de manos de la capitanía de Passarella a Maradona fue en aquellos tiempos el quid de la cuestión. Y a eso se le sumó que Bilardo no le aseguraba al central un lugar definitivo en el 11. Eso era lo que generaba el conflicto: grupos divididos, peleas, cuestionamientos del Kaiser a Diego por su forma de manejar al plantel. Entonces, cuenta Diego en su libro, hubo un cruce entre ambos en la concentración.
“Nosotros nos habíamos peleado en la concentración del América de México. Yo llegué 15 minutos tarde a una reunión junto con los rebeldes. Esos éramos, según Passarella: Pasculli, Batista, Islas… Entonces nos comimos un discurso de Passarella, con el estilo de él, bien dictador; que cómo el capitán iba a llegar tarde. Lo dejé hablar…¿terminaste?, le pregunté. ‘Bueno, entonces vamos a hablar de vos ahora'”. Diego se despachó con sus propios reclamos. Todo quedó en tensión.

El famoso amistoso en Barranquilla. Foto archivo.
Pero la reunión más importante, la definitiva, la que cambió todo y fue fundamental para despertar al equipo de cara al debut se dio en el hotel La Fontana, el 15 de mayo, entre la humedad y el calor pegajoso de Barranquilla. Argentina salió a la cancha para enfrentar al Junior y así estrenar el Estadio Metropolitano. Pero fue 0-0, otra vez llegaron las críticas y también la implosión. Passarella le reclamó a Bilardo por sus manejos, le espetó que se dejaba manejar por Maradona y entre tanto grito, todo el equipo se reunió: no se podía seguir así, entre grupos, acusaciones, malestares y disgustos que quedaban a la vista cuando salían a la cancha.
Cada uno tiene su versión. Passarella, Maradona y Bilardo escribieron sus propios libros e incluyeron sus versiones, sus diálogos, sus pareceres sobre lo que ocurrió hace 40 años en aquella reunión. El resto de sus compañeros también hablaron al respecto, aunque muchas cosas jamás salieron a la luz ya que la promesa interna fue esa: “Se hizo un pacto de palabra de no decir nada a nadie por el resto de la vida“, contó Jorge Burruchaga.
De aquella charla participaron sólo los jugadores. Ruggeri la catalogó de “Violenta” en ESPN y aunque admitió que no llegaron a las manos, aseguró que casi vuelan las trompadas. Hubo chispazos, si. Pero todos dijeron lo que había que decir. “Esa reunión fue dura, seria. Nadie jodió con nada, no hubo chistes. No se movía nadie, hablaba uno y el otro no interrumpía, esperaban, dejaban hablar a uno y contestaba el otro. Fue una de las reuniones más lindas en las que estuve”, dijo el Cabezón en una nota en Fox Sports.
“La reunión en Barranquilla fue terrible, durísima, con la sabiduría de los que la propusieron y con la aceptación del grupo. También, hay que decir que estuvimos a punto de matarnos a trompadas, eh. Nunca más viví una situación así. Pero nos vino bien, todos tuvimos que hablar y aportar nuestro punto de vista. Nadie se quedaba con nada, desde los más experimentados hasta los que éramos más jóvenes”, agregó Burru.
“Ahora nos tenemos que olvidar de todo: de nuestros clubes, de la familia, de la guita y de los problemas… Tenemos que pensar solamente en nosotros. No importa quién es titular y quién es suplente. Hay que hacerse carne y uña, romperse el alma para ayudar al compañero. Muchos esperan que perdamos para terminar de despedazarnos. Y no les tenemos que dar el gusto…“, fue la frase de Diego.
Entonces, pese a que estaba previsto jugar en Bogotá, le dijeron a Bilardo que querían volver a México, a la concentración, jugar en la altura, aclimatarse, y dejar atrás todos los reproches. No había tiempo para mucho más.
Aquella producción de fotos de Maradona y Passarella con sombreros clásicos de México sonriendo para la cámara dos días antes del debut fueron apenas una puesta en escena: ya no se hablaban. Pero la promesa del plantel fue en parte esa: mostrarse unidos hacia el afuera. Algo que terminó siendo real, más allá de las relaciones quebradas: a la unión hizo la fuerza y dio como resultado el título.

Una producción entre la tensión de ambos. Foto Archivo.
“Hubo varias reuniones. En Colombia y también en México. Son reuniones que, a veces, el técnico tiene que provocar. No podés dejar que se reúnan los jugadores sin saberlo vos. Si algo anda mal, les decís: ‘¿Por qué no hablan a ver qué pasa?’ ¡Pum! Ya provocaste la reunión. Hubo cuatro o cinco”, explicó Bilardo en La Nación, hace 20 años.
Las charlas continuaron, sobre todo durante los partidos de la primera fase ante Corea (3-1), Italia (1-1) y Bulgaria (2-0). Todo se fue encaminando hacia el Mundial perfecto.
Aquel 5 de mayo, fue la primera en llegar. Y finalmente fue la última en irse, con la Copa en la mano, campeona del mundo, dejando atrás aquellos rumores, cambiando el fútbol para siempre con un Maradona excelso, dos goles inolvidables y una historia que vale repasar 40 años después.





